Muchas veces siento el impulso de escribir.   Tengo algo que me gustaría transmitir, pero me frustro al leer los primeros renglones.

Ni por asomo mis palabras tienen la dimensión de la experiencia.  Para qué escribirlas?

De verdad, para qué?

Me quedo en silencio, mirando la pantalla, esperando la respuesta de la blanca luminosidad… que por el contrario! parece estar esperando que sea yo la que inscriba mis ideas sobre ella.

Muchos de ustedes me conocen, este año publiqué que cumplía 30 años de docencia en yoga, saben que me mudé hace 3 al campo, que inicié una nueva vida, que cerré algunas puertas para abrir otras… en fin, me zambullí de lleno, como suelo hacerlo.

Lo que casi nadie sabe es que desde hace un año y medio casi no puedo practicar.  Es decir, no puedo hacer la practica que hacía, la que enseño. Esa intensidad Iyengar que te extrema al punto de perder/te, el desafío de superar  los límites, la voluntad férrea de sostener una postura un minuto más que ayer… todas esas cualidades que alientan la exigencia y nos hacen sentir más fuertes, más poderosos.

Curiosamente no logro tener un diagnóstico claro de lo que me pasa.  Pero lo cierto es que regularmente, cada 3, 4 meses, me desgarro el periostio de mis costillas, en diferentes lugares, bajo diversas circunstancias.

Durante estos tiempos de convalecencia intermitente, con una continua amenaza a lastimarme una vez mas, muchas veces guardé reposo.  Me ví “obligada” a establecer prioridades, a regar , hacer mi tarea de hortelana, y destinar el tiempo del yoga a descansar la espalda en el piso con las piernas para arriba.

Me encontré con tantos nuevos desafíos que estos sí me parece importante compartir. 

Primer sorpresa:

Pasadas las 5 ó 6 semanas en las que la lesión se cura, me doy cuenta de que ya casi me acostumbré a vivir sin practicar. Que me da una fiaca enorme retomar.

Entonces…

Cómo afrontar la pereza ?

La pereza es uno de nuestros grandes enemigos.  No me refiero al cansancio natural después de una jornada intensa, o de unos días o meses de dedicación absoluta a una causa.  No.  La pereza se retroalimenta a sí misma. Menos hacés, menos ganas tenés de hacer.

Me pongo de ejemplo porque en lo que es la  “condición humana”, en mayor o menor medida todos estamos involucrados.  Y la única maestría posible es ir avanzando en el propio camino.

No es cierto que no practico…  Ya te dije, paso un tiempo en el suelo con las piernas arriba, respiro conscientemente, pero algo adentro mío protesta: YO sé que llegó la hora de volver a ejercitar.

Como hacerlo???   Debo imponérmelo, exigirme, gritarme, organizarme? Es un autocastigo?

Pasé por esta situación varias veces este año.  Ya probé los pactos, las recompensas, los castigos, la firmeza y también la total ductilidad que no me llevaron a ningún sitio.

Sinceramente, fue necesario recordar para qué practicaba. Recordar , que literalmente significa “volver a pasar por el corazón”, en mi almacén de sensaciones, lo bien que se sentia el yoga en mi integridad.

Como soy consciente de que la pereza es un monstruo gigante y mañoso, lo afronté con dulzura.

En lugar de ir de frente y proponerme 1,30 hr de practica intensa…, asumí 15 minutos diarios de placer, de reconocimiento.  Unos días así, luego media hora, luego 45 minutos… y así ir llegando a lo que de verdad es importante hoy para mi.

Varios temas aparecieron antes, durante y despues de las lesiones.

Uno de ellos:

Tiene validez que una mujer de mi edad, digamos… 51 años que viene de hacer el cambio más grande de su vida, siga practicando de la misma manera que 10 años atrás?  Sin duda no me lo estaría preguntando si mi cambio hubiera sido un accidente o una enfermedad que me dejara mal en serio. Lo habría asumido. 

La Vida, en mi caso fue benévola.  Me dejó elegir.

Y algo que siempre, SIEMPRE propongo en las clases o prácticas, es registrar cómo llegan, cómo nos sentimos ese día para practicar.  En ese sentido, mi pregunta es aún más abarcadora.  No merece un replanteo mas profundo?

Lo registrara o no, el planteo llegó  con su propia presencia.  No es mental, es de cuerpo y alma. Con o sin entusiasmo. Con o sin felicidad.

Sabiendo que la Vida es movimiento, me doy cuenta de que vivimos  agarrándonos de tantas cosas , a tantas verdades, certezas…con tantos miedos…

Ahora bien, establecida la nueva relación que hoy por hoy (nunca se sabe qué nos deparará el mañana), tengo yo con mi propia práctica, cuánto más honesto es proponerme salir de la pereza desde el amor, desde el placer de lo que produce en  todo mi ser.  Ya sin esfuerzo agregado. Ya sin competir… ni siquiera competir conmigo misma.

Perdón que insista. Pero hasta en las más evolucionadas artes marciales se habla de que el mérito es “competir con uno mismo”. 

Hasta cuando ya con eso? Por qué necesitamos siempre  compararnos, valorizarnos a partir de la competencia, y no de la realización, de la aceptación de la vida con TODO lo que ella es, en plenitud?

Hace falta que sea “mejor que ayer”?  No es suficiente con que “me” de lo mejor que pueda cada vez? Y lo mejor no es siempre lo mismo. Lo mejor puede ser algo muy sutil una vez, y muy intenso otro día.

Estoy viviendo una revolución tan profunda que no sé si alcanzo a poner en palabras.

Descubrí que el verdadero compromiso no es tanto con la tarea en si, sino conmigo misma. 

Ese  compromiso hace que renueve mi entusiasmo, que le busque el punto, el tono en el que hoy me vibra.

Si hubiera elegido el camino de la disciplina,  tal vez, solo me habría llevado al compromiso con la forma, la rectitud y mi autoimagen.

Como broche de oro, hoy, súbitamente comprendí el para qué de mi lesión.  Es la primera vez, que por tiempo tan extendido,  pude transitar los “puntos medios”. En otros tiempos, hubiera dicho: una “práctica mediocre”, sin llegar a ningun lado en particular.  

Soy una persona apasionada, siempre fui muy flexible y a la vez persistente.  Rara vez me sentí conforme entre los que no se destacan.  Tomen un instante para imaginar cuánto mi ego se resintió en este tiempo !!! Cuánto tuve que aprender.

Hoy rescato que es la primera vez que registro mucho antes de llegar al limite. Antes, no paraba hasta sentirlo.  La famosa lección de Lao Tse “Extiende un arco al máximo y habrás querido detenerte a tiempo”, era una de mis frases favoritas, sin comprender totalmente su sentido. Decía “es cierto!, es cierto!”, pero era incapaz de no extenderlo.  Sencillamente incapaz.

Cuando hoy practico, si me miro de afuera, podría lamentarme de cómo luce la practica.

Si cierro los ojos y voy paso a paso, reconozco exactamente en qué momento mi esfuerzo podría  llevarme al mismo punto en que mis tejidos se rompen. Elijo la mesura. 

Y por último, para no cansarlos con mi relato, quiero darle un lugar sagrado a este aprendizaje:

Aprendí a valorar lo pequeño,  lo que a los ojos externos no percibimos. A no pretender,  y a  agradecer cada día lo que estoy viviendo. Aun cuando mis arcos hacia atrás (Urdhva Dhanurasana) hayan dejado de ser lo impactantes que fueron. En pocas palabras,  estoy saboreando el perfume de la humildad y la sencillez.

“No siempre tenemos lo que queremos, pero siempre tenemos lo que necesitamos.”  Elizabeth Kubler -Ross.

Marisa Ch.